Con la llegada del verano, Barcelona vuelve a buscar refugio en las piscinas para hacer frente a una combinación bien propia de la ciudad, calor intenso y humedad. La ciudad dispone de 14 piscinas municipales al aire libre que permiten refrescarse sin tener que depender siempre de la playa, especialmente los días de mayor afluencia o cuando se busca una opción más cercana al barrio. De Can Dragó a la Creueta del Coll, pasando por Montjuïc o las piscinas Bernat Picornell, estos espacios recuperan protagonismo en la rutina estival de muchos barceloneses.
La natación además tiene beneficios claros para la salud. Trabaja grandes grupos musculares (brazos, espalda, abdomen y piernas) sin el impacto de otros deportes, mejora el control respiratorio, favorece la movilidad articular y puede ayudar a reducir la tensión mental. Ahora bien, el baño en la piscina también requiere ciertas precauciones. El cloro, imprescindible para mantener el agua en condiciones adecuadas y controlar la presencia de bacterias y otros agentes contaminantes, puede irritar zonas especialmente sensibles como la piel, superficie ocular o conducto auditivo, sobre todo cuando la exposición es frecuente o prolongada.
La piel: cuando el cloro se lleva algo más que el sudor
El cloro actúa como agente oxidante para eliminar la materia orgánica presente en el agua. En contacto con la piel, puede arrastrar parte de la grasa y alterar los lípidos y proteínas que forman la barrera cutánea. Por eso, después de nadar pueden aparecer tirantez, picor, descamación fina o escozor, especialmente en zonas donde la piel es más delgada o ya estaba irritada.
No todas las personas reaccionan de la misma manera. Las personas con dermatitis atópica , psoriasis , piel sensible, heridas recientes o sequedad marcada pueden notar brotes más intensos, mientras que los niños y las personas mayores también presentan una barrera cutánea más vulnerable. Cuando la piel pierde parte de su película protectora, aumenta la evaporación de agua y los irritantes penetran con mayor facilidad ; por eso , si el picor dura varios días , aparecen grietas o una placa roja no mejora, conviene consultarlo.
En las piscinas al aire libre, la radiación solar añade otro factor de agresión. El agua refresca y puede provocar que la intensidad del sol se perciba menos, pero no evita las quemaduras. La protección solar debe aplicarse siempre antes del baño, renovarla después de zambullidas prolongadas y complementarla con sombra o ropa ligera durante las horas centrales del día.
Los ojos: el escozor tiene explicación
El ojo también dispone de su propia barrera: la película lagrimal. Esta capa mantiene la superficie ocular hidratada y estable. El agua clorada puede desorganizarla y provocar enrojecimiento, lagrimeo, sensación de arena, picor o visión borrosa pasajera. En personas con ojo seco, alergia ocular o uso frecuente de pantallas, esa irritación puede ser más evidente.
Además, en piscinas con mucha afluencia, el agua puede favorecer la aparición de conjuntivitis si existen microorganismos y no se mantienen unas medidas de higiene adecuadas. El riesgo aumenta con las lentillas, porque actúan como una pequeña esponja capaz de retener sustancias químicas y microorganismos junto a la córnea. "Nadar con lentes de contacto incrementa la probabilidad de abrasiones corneales e infecciones. Si se necesita corrección visual, es preferible utilizar gafas de natación graduadas o gafas bien ajustadas. Si después del baño aparecen dolor, secreción, fotofobia o una visión borrosa que no desaparece, no debe pasarse por alto", añade el Dr. Elío Díez- Feijóo , oftalmólogo del Hospital CIMA Sanitas de Barcelona.
Las orejas: el problema es el agua que queda retenida.
La otitis externa, conocida también como otitis del nadador, suele aparecer cuando el conducto auditivo retiene humedad. Este canal es estrecho, cálido y está recubierto por una piel fina. El cerumen crea una capa ácida protectora, pero el contacto repetido con el agua puede modificar el pH, ablandar la piel y facilitar pequeñas erosiones. Si, además, se utilizan palillos, se rasca la oreja o se retira el cerumen de forma agresiva, se abre la puerta a bacterias y hongos.
Hay que sospechar de una otitis externa cuando aparecen picor intenso, dolor al tocar la oreja, sensación de taponamiento, secreción o pérdida de audición después de varios baños. No es recomendable introducir objetos ni aplicar gotas sin valoración profesional, sobre todo en personas con tímpano perforado, cirugía previa o infecciones repetidas.
Pequeña guía sanitaria para antes, durante y después del baño
- Ducharse antes de entrar en la piscina: mojar la piel y el pelo con agua limpia reduce la absorción de agua clorada y ayuda a evitar que el sudor, cremas o restos de productos corporales pasen al agua.
- Aclarar al salir y aplicar una crema hidratante sencilla: lavarse con agua tibia y un limpiador suave ayuda a retirar el cloro. La crema debe aplicarse cuando la piel todavía conserva algo de humedad.
- Elegir gafas bien ajustadas: deben evitar la entrada constante de agua. En el caso de los niños, conviene comprobar que no aprieten demasiado ni dejen marcas profundas.
- Evitar nadar con lentes de contacto: si se han utilizado por error, retirarlas con las manos limpias y no reutilizarlas si han estado en contacto con el agua.
- Secar las orejas sin invadir el conducto auditivo: basta con inclinar la cabeza, secar la parte externa con una toalla y evitar los palillos.
- Consultar cuando el síntoma no encaja con una simple irritación: dolor ocular, secreción, placas cutáneas persistentes, grietas, fiebre, mareo o dolor de oído que aumenta al mover la oreja requieren valoración profesional.
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