El lado oscuro del negocio de los NFT’s: su uso acucia al cambio climático

(Por Juan Pedro de Frutos) El mundo digital está en constante movimiento y evolución, hasta el punto de haber asistido al nacimiento de una nueva manera de expresión artística: el arte digital. Este hito, junto con el hecho de vivir en un mundo cada vez más conectado, ha originado lo que se puede entender como el “marcado original de un producto”, los NFT’s. Ahora bien, al igual que con las criptodivisas, las críticas sobre su impacto en el medioambiente no se han hecho esperar.

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Los NFTs (o “Non -Fungible Tokens”, por sus siglas en inglés), son lo que se podría denominar una versión digital y original de un producto, tanto si es tangible o intangible. Su particularidad radica en que son los propios compradores los que le confieren su valor, tal y como ocurre con criptodivisas, salvando las distancias; aunque favoreciendo igualmente la especulación.

De esta manera, los NFTs adquieren un valor intrínseco que lo diferencian de cualquier copia que se pueda adquirir de un producto, ya sea un lienzo, un sencillo o hasta de un cuadro digital. Es por ello que el poseedor de un NFT puede considerarse el dueño de ese producto.

Ahora bien, el coste de mantener operativos los servidores que recogen esta información y el de sus transacciones es alto, tal y como ocurre con todo aquello que rodea el mundo digital. Un hecho que ha levantado las primeras críticas al respecto, y que se suman a las voces reticentes del mundo del arte acerca de considerar que los NFT’s realmente puedan tener valor en el mundo real.

Impacto medioambiental equivalente al de las criptomonedas
Mantener unos servidores encendidos conlleva un gasto energético sobre el que los activistas climáticos muestran su preocupación. Y es que advierten que el impacto ambiental es profundo; no en vano, la inmensa mayoría de los NFTs se acuñan y comercializan en la blockchain de Ethereum.

Tal y como estima el Centro de Finanzas Alternativas de Cambridge, actualmente el consumo eléctrico de Bitcoin representa el 0,59% del consumo total de energía de todo el mundo. Si bien, el consumo de Ethereum –la segunda criptomoneda más popular- no alcanza cotas tan elevadas; pero sigue siendo una incógnita estimar su impacto real.

Ahora bien, si se compara la energía que consumen anualmente las criptomonedas, esta estimación equivale al de toda una nación como Argentina en 12 meses, mientras que su huella medioambiental vinculada a las emisiones de gases de efecto invernadero –medido en toneladas de dióxido de carbono (CO2)-, equivale al de toda Nueva Zelanda.

De esta manera, las transacciones únicas de un NFT a través de la red Ethereum llegan a requerir hasta 50 kWh de electricidad. Una cantidad equivalente a la que se consume durante 48 horas en un hogar grande o la de dejar encendido a máxima potencia un calefactor de 2kWh durante 25 horas consecutivas.

El portal especializado CryptoArt.wtf, creado para rastrear el impacto ambiental de los mercados de NFT, muestra tanto el número de transacciones realizadas con cada mercado  (OpenSea o Rarible, entre otros) y el total de CO2 emitidos.

¿Existen otras alternativas sostenibles energéticamente?
Plataformas emergentes como Hic et Nunc han evidenciado que existen otras cadenas de bloques (blockchain) alternativas a Ethereum que son igualmente válidas para la transacción de NFT y que no requieren cantidades excesivas de electricidad -como Tezos-. Todo, gracias a que no dependen de un proceso de prueba de trabajo –sino de una prueba de participación, más eficiente energéticamente- y que apenas tienen huella de carbono.

Alternativa valorada por la Fundación Ethereum, en pleno proceso de desarrollo de un protocolo de validación que estima que utilizará menos del 1% de la energía actual, y que verá la luz en 2022 con casi toda seguridad.

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